Programa alarmas discretas a mitad de mañana y tarde. Cuando suenen, respira con un clip del río o un bosque tranquilo de los Alpes Julianos. Cierra los ojos treinta segundos, nota hombros, mandíbula y frente. Deja que el timbre natural sustituya brevemente al tráfico. Esa micropráctica reduce fatiga auditiva, devuelve foco y crea continuidad emocional con la montaña, incluso rodeado de hormigón, prisa y notificaciones luminosas.
Dedica un rincón con altavoces suaves, plantas y luz cálida. Alterna listas cortas para evitar habituación y mantén silencios entre pistas. Coloca una manta y un cuaderno a mano para anotar sensaciones. Invita a convivientes a probar cinco minutos sin hablar, simplemente escuchando. Verás cómo la atmósfera cambia sin necesidad de grandes reformas, convirtiendo tu espacio en un refugio sonoro accesible y profundamente regenerador.
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